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La seducción del Hacking

Escrito por Luisa Esguerra | 23-jul-2020 6:11:50

La Criminología tradicional trata el delito como un simple proceso instrumental, en el que el criminal delinque con el objetivo de obtener algún tipo de beneficio personal. Desde este enfoque, el desequilibrio social y la marginación de algunos grupos, propiciaba que estas personas respondieran cometiendo delitos con la intención de conseguir lo que la sociedad les negaba.

Así, una persona sin suficientes ingresos económicos se veía “abocado” al robo para conseguir subsistir.

Un autor importante de este enfoque, Merton, señalaba que los norteamericanos de la época eran continuamente bombardeados con metas de éxito monetario pero que, paradójicamente, las oportunidades para alcanzar esas metas no estaban distribuidas de manera uniforme.

Así, las conductas desviadas eran consideradas conductas adaptativas a la tensión que existía entre las metas deseadas y los medios legítimos o escasos para alcanzarlas.

Este enfoque, ha sido ampliamente superado como modelo teórico del crimen, pues como todos sabemos, no solo delinquen los desfavorecidos o marginados.

Sin embargo, la visión instrumental del crimen sí se ha mantenido, mostrando una explicación del crimen en el que el delincuente hace un balance entre coste-beneficio de su actuación delictiva y siempre trata de obtener un beneficio más o menos extrínseco.

Es decir, el que roba o comente un fraude es alguien que busca simplemente dinero fácil. Racionalismo puro que sin embargo tampoco explica determinados aspectos del delito, algunos de los cuales quedan muy bien reflejados en una famosa frase de uno de los autores referentes de la Criminología Cultural:

“No es el buen sabor de la pizza lo que provoca el robo, sino al contrario: el robo hace que la pizza sea sabrosa” (Katz, 1988:52).


En esta frase, Jack Katz introduce un elemento muy interesante, la excitación que provoca el propio delito más allá del beneficio que se obtiene con él.

El delito en este caso no es un instrumento, sino un fin en sí mismo. Esto, según este autor, explica como para algunas personas robar algo de poco valor constituye una experiencia adrenalínica que “engancha” y condiciona que esas personas sigan robando.

Conforme cometen más robos, van desarrollando una gran destreza (logran explotar al máximo las situaciones ventajosas para cometer un robo) y esto hace que se sientan (in)moralmente superiores y capaces de “trascender los controles del sistema”.

Consiguen esa “trascendencia” de hacer algo prohibido, algo que los demás no pueden o no se atreven a hacer, se sienten especiales al otro lado de la ley y consiguen cierta autoestima que no han podido conseguir mientras eran simplemente “ciudadanos legales”.

Esta seducción por el mal es una variable que suele identificarse muy claramente en el mundo hacker y que complementa otros aspectos relacionados que han sido tratados en otro post.

Graobsky (2000) describe la seducción por hackear desde la perspectiva en la que el hacker actúa como un acto de poder que es gratificante en sí mismo, el cual se ve adornado por la aventura que consiste “explorar lo desconocido”, entrar en un sistema inexpugnable, programar un ransomware indetectable…

Foster (2004) presenta un perfil de delincuentes informáticos como hombre, de alrededor de 20 años, con falta de habilidades sociales, fascinado con la tecnología, un bajo rendimiento en otras áreas (p. ej. educación) y que ve la computadora como un medio para ser importante o poderoso.

Son personas altamente motivadas por superar retos informáticos, dispuestos siempre al superarse a sí mismos en un nuevo desafío.


Al igual que comentaba Katz respecto a la pizza robada, los hackers ven en su actividad un acto excitante en sí mismo, que lo convierte además en una nueva forma de entretenimiento que no pudo haber existido antes del desarrollo de una tecnología adecuada.

Junto a esto, hay también un componente narcisista que rodea a esta excitación y fascinación que provoca el hacking y que hacen que muchos hackers vean en la “fama” una consecuencia positiva más de actuar al otro lado de la ley.

En definitiva, podemos decir que los hackers buscan placer, realización y conocimiento. Por tanto, es cierto que consiguen también beneficios económicos de su actividad, pero esto a veces se convierte en algo secundario.

Algunos autores hablan incluso de cierto “voyeurismo” por el que hacker se siente excitado por acceder a información confidencial o restringida, rompiendo la intimidad y apropiándose de lo que no es suyo.


Esto vuelve a reforzar su idea de trascendencia, de ser alguien especial en comparación con el resto de “mortales” que se dejan guiar por normas y reglas.



En un mundo complicado y competitivo, la persona se siente una más, las más de las veces frustrada e inadaptada por complejos y ausencia de habilidades sociales. Sin embargo, en su faceta “hacker”, ese sujeto crea un mundo propio, un universo controlado por él, donde sus únicas limitaciones son las propias técnicas que pueda tener, donde él es el centro y, en cierta forma, el único dios que existe.

Este contexto de emociones es realmente excitante y adictivo para el hacker, de tal forma que una vez probada la fruta prohibida ya le será muy difícil volver a la rutina y cotidianidad del mundo “normal”.

Esto se relaciona también con la clásica Teoría del Autocontrol de Michael Gottfredson y Travis Hirschi en 1990 según la cual, los criminales cometían actos delictivos por su escaso autocontrol, son personas que quieren la satisfacción inmediata, les falta paciencia, son aventureros y activos, y poseen pocas habilidades cognoscitivas.

No pueden demorar las gratificaciones, lo que hacen que traten de conseguir lo que desean de forma rápida y sin atender a reglas. Esta impulsividad les lleva a realizar comportamientos antinormativos y de riesgo, siendo incapaces de valorar consecuencias y alternativas a dichos comportamientos.

Las personas con bajo autocontrol, se dejan llevar rápidamente por las tentaciones de su entorno y entablan una forma de ser pendenciera y arriesgada, lo que conecta con todo lo que estamos hablando de la excitación y la adicción por el delito.

Esta teoría cuenta con una perspectiva evolutiva muy interesante, pues vincula esta falta de autocontrol a una etapa muy concreta del desarrollo, la adolescencia, en la que todavía no se han desarrollado algunas estructuras cerebrales que van a permitir a la persona autocontrolar su comportamiento.

Por tanto, la adolescencia relacionada con esta época de rebeldía, de conductas arriesgadas y comportamientos vandálicos en algunos casos, estaría relacionada con la incapacidad que tienen estos jóvenes para controlar sus acciones como consecuencia de no disponer aún de determinados circuitos y estructuras cerebrales.

Si volvemos al mundo hacking, observamos también que la adolescencia es precisamente donde suelen surgir y evolucionar esta fascinación por la computación y el hacking.

Se crea por tanto una tormenta perfecta en la que excitación por el delito es a su vez consecuencia y fin en sí mismo. Hay una predisposición por actuar en entornos de riesgo debido a esta falta de control, pero a su vez, realizar estos actos antinormativos generan una excitación “extra” que condiciona en cierta forma la reincidencia en este tipo de actos y genera un círculo vicioso complicado.

Por tanto, detrás de tanta racionalidad, de una fría tecnología llenas de “0” y “1” se encuentra un gran entramado emocional en la vida del hacker, aquel que controla el mundo a través de su teclado.

Parafraseando a Katz, no es controlar un sistema lo que produce el hackeo, es la posibilidad de conseguirlo lo que lleva a hackear.