La pandemia del Ciberfraude. El contagio en el mundo del ciberdelito.


Si hace tan solo unos pocos años las cifras relacionadas con el cibrefraude en las empresas nos hablaban de entorno a 15-20%, empezando a considerarse un problema muy importante, hoy hablamos ya del 49% de empresas afectadas internacionalmente según datos de la auditora PWC.

Una de cada dos empresas en el mundo ha sido, de una u otra forma, víctima de un ciberfraude.

Este dato me ha hecho pensar en la situación actual que estamos viviendo en relación con la pandemia por la COVID-19 y como, en cierta forma, es posible que el contagio de los virus se pueda parecer de algún modo a este contagio que estamos viviendo en el mundo del ciberfraude.

Esto me ha hecho cuestionarme algunas cosas:

  • ¿Es posible que los ciberfraudes se contagien?
  • ¿Puede un ciberdefraudador infectar a otra persona para que se convierta en un defraudador online?
  • ¿Personas normales nos podemos convertir en ciberdefraudadores por el hecho de estar en contacto con una persona que ya lo es?
  • ¿Estamos realmente ante una pandemia del ciberfraude?

Si estas preguntas tuvieran una respuesta afirmativa, esto podría explicar los incrementos que estamos viviendo, pero lo más importante, nos haría caer en la cuenta de la necesidad de establecer medidas de prevención para evitar este contagio que se propaga sin aparente control.

Pensando en ello he recordado un experimento de Dan Ariely, uno de los mayores expertos en el mundo en el estudio de la deshonestidad y la mentira. Ariely y su equipo llevaron un experimento en la Universidad Carnegie Mellon que trataré de explicar de forma simple y rápida.

Los experimentadores reunieron a una decena de estudiantes en una clase para hacer una prueba de matemáticas que consistía en la realización de matrices.

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Junto a la hoja con las matrices, al alumno se le entregaba un sobre con dinero. Una vez que el alumno acababa los ejercicios, entregaba la hoja de matrices a un profesor que estaba en la sala, comprobaban el número de matrices correctas y en función de esa cantidad de aciertos se llevaba dinero del sobre.

Hasta aquí todo bien, ningún alumno podía hacer nada por llevarse más dinero del que le correspondía. Ariely cambió la situación experimental y eliminó al profesor que revisaba las matrices correctas. Ahora, cuando los alumnos finalizaban el ejercicio, llevaban la hoja a una trituradora que se había instalado en la clase, le indicaban a un encargado el número de matrices correctas que había realizado y recogían su recompensa del sobre.

Lo que los alumnos no sabían era que esta trituradora estaba manipulada, de tal forma que solo trituraba los bordes del papel, con lo cual era posible revisar si los alumnos habían dicho que resolvían más matrices de las que realmente habían resuelto.

Ariely y su equipo compararon ambas situaciones y descubrieron que, en la primera situación, los alumnos solían resolver correctamente una media de 7 matrices, mientras que, en la situación de la trituradora, la media de matrices correctas subió hasta las 12.

Todos los alumnos dijeron que había resuelto entre 3 y 5 matrices más de las que realmente habían sido capaces de resolver. Este dato nos lleva a una de las primeras premisas que nos cuenta Ariely en sus investigaciones: todos somos un poco deshonestos cuando tenemos las condiciones para serlo.

No todos nos convertimos en grandes estafadores multimillonarios y engañamos de forma patológica para conseguir nuestros propósitos, pero sí somos capaces de actuar en algunas ocasiones de forma deshonesta y conseguir algún beneficio de forma ilegítima.

No todo el mundo roba dinero de su empresa, pero unos bolis o unos folios, esto es otra cosa, ¿no?

Pero Ariely le dio otra vuelta de tuerca a su experimento, vuelta de tuerca que nos ayudará a tratar de responder a las preguntas que me hacía o nos hacíamos al principio.

En esta nueva situación experimental, que en principio es similar a la de la trituradora, un alumno, a los 2 minutos de haber empezado el examen y cuando el resto de compañeros van aún por las segunda o tercera matriz, se levanta y dice que ha terminado.

El profesor que está a cargo del examen le dice que lleve a la trituradora la hoja y le pregunta por el número de matrices resueltas en voz alta. El alumno dice que ha resuelto correctamente todas, las veinte matrices.

El alumno abre el sobre y le pregunta al profesor: “Me lo tengo que llevar todo, ¿no?”

El profesor le contesta “sí, claro, has resuelto todas, puedes llevarte todo el sobre”.

Así lo hace y el alumno acaba saliendo por la puerta de la clase ante la mirada atónita del resto de compañeros que aún se esfuerzan por resolver la tercera matriz. Hay que decir, que este “superestafador” era realmente un actor contratado por los investigadores para realizar este papel.

A partir de este momento, los alumnos van poco a poco desfilando por la trituradora y recogiendo sus billetes de sus respectivos sobres. Cuando acaba el examen (experimento), los investigadores hacen recuento y comprueban que los alumnos habían mentido tres veces más que en la situación anterior.

Es decir, de 7 matrices de media de la situación controlada, se había pasado a 12 en la situación de trituradora y a 15 en esta última situación del superestafador. Es decir, los alumnos habían llegado a decir que resolvían entre 5 y 8 matrices más de las que realmente eran capaces de resolver.

En esta última situación, además de los cálculos matemáticos, los alumnos habían realizado otro tipo de cálculos. Si él puede engañar y salirse con la suya, será que yo puedo hacer lo mismo sin miedo a que me descubran.

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La acción de este superestafador y la reacción del profesor y de los alumnos, que sabían que aquello era una estafa en toda regla, habían generado la imagen de que aquello era socialmente aceptable en ese momento y que no ocurría nada al actuar de esa manera.

Bueno, no ocurría nada negativo, lo que sí ocurría es que podías llevarte mucho más dinero del que justamente te correspondía. Es decir, los alumnos habían “reseteado” su sistema de valores de lo que es aceptable dentro de los límites morales.

En definitiva, los alumnos se habían contagiado de fraude, el actor había logrado infectar con su acción al resto de compañeros, haciendo que ya no se conformaran solo con engañar “un poquito”, sino que los había llevado a una situación de estafa “a gran escala”.

Nuestro aprendizaje en muchas ocasiones es vicario, es decir, se basa en la imitación de lo que hacen otros. Este aprendizaje no se da solo en actividades motoras y físicas como aprender a jugar a futbol, sino que se da también en aspectos más cognitivos como el aprendizaje de la ética y la moral.


A menudo nos comportamos y adaptamos a un ambiente en función de lo que vemos que hacen los demás, y así nos mimetizamos y creamos nuestro sistema de valores en acuerdo al grupo en el que convivimos.



Si miramos ahora a nuestro alrededor, veremos que en muchas ocasiones los ejemplos con los que nos codeamos en nuestras empresas, en nuestro círculo de conocidos o en nuestro panorama político se parecen mucho a este “superestafador” y, sin quererlo, nos vemos infectados por el virus de fraude.

En cierta forma, esto es lo que cuenta Edwin H. Sutherland en su Teoría de la Asociación Diferencial, en donde explica que las conductas delictivas no son innatas sino aprendidas. El ser humano, al vivir en sociedad, se relaciona continuamente con otras personas, entre las cuales puede haber personas que no respeten la ley, de las cuales aprenden que el delito tiene sus ventajas y sus justificaciones.

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Esta relación con personas o con un contexto que ofrecen una visión positiva del comportamiento delictivo, haría que el sujeto también acabe asumiendo estos comportamientos como lícitos. Es decir, si metes una manzana sana en una cesta con algunas manzanas podridas, lo más normal es que esa manzana sana acabe también pudriéndose.

Hoy en día, el ciberfraude es visto por muchos jóvenes (y no tan jóvenes) como ese alumno que consiguió un sobre lleno de dinero en tan solo dos minutos.


Muchos ciberfraudes son expuestos a la opinión pública por los medios como grandes proezas y a los ciberestafadores como genios o personas muy inteligentes que son capaces de diseñar planes maestros como si se tratara de una película de Hollywood.



Este blanqueamiento y admiración con la que a veces se suelen mostrar los ciberfraudes realizan esa función del profesor que parecía que no era capaz de ver, o peor aún, que consentía el flagrante engaño que estaba cometiendo el alumno estafador.

Siguiendo las premisas de Ariely, si todos nos podemos llegar a comportar de forma deshonesta en algunos momentos y en algún determinado nivel, si además estamos expuesto a la infección de grandes estafadores, muy posiblemente acabaremos consiguiendo una gran cesta de manzanas podridas.

Por tanto, es necesario trabajar el ciberfraude desde aspectos no solo técnicos, sino culturales, educacionales y morales.

Sé que esto último resulta muy raro en un mundo muy tecnologizado, pero es vital contener este contagio imparable y empoderar lo que podríamos denominar la “honestidad digital”.

 


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Publicado por Luisa Esguerra

Luisa Esgerra joins the buguroo's office in Bogotá after a successful sales management career in companies such as Oracle and Symantec. She will target the LATAM market in order to generate new net business for buguroo solutions.


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