Ciberfraude y distancia psicológica

Publicado por Jorge Jiménez - 17/12/2018

A un grupo de jugadores de golf se les preguntó sobre si serían capaces de mover la bola con la mano para colocarla en una posición más favorables. Un gran porcentaje de estos golfistas indicaron que no la moverían. Sin embargo, cuando se les preguntó sobre si aceptarían moverla con el palo o sutilmente con el pie, el porcentaje de “golfistas honestos” disminuyó drásticamente. Este es un experimento real llevado a cabo por Dan Ariely, catedrático de Psicología y Economía Conductual de la Universidad de Duke y experto en el estudio de la (des)honestidad.

Este autor nos dice que las personas nos auto-engañamos en mayor o menor medida, pero que también solemos engañar a otros sin llegar a considerarnos malas personas. Concretamente, Ariely dice que el 80%, sin diferencia cultural, tiene una tendencia a mentir y a beneficiarse de esa mentira. En el experimento de los golfistas, se trataba de analizar precisamente esta honestidad en base a la posibilidad de que los jugadores hicieran trampa. Como puede verse en los resultados, el nivel de deshonestidad varía en función de si el jugador debe coger la bola con la mano para engañar, o por el contrario lo realiza usando un palo o sus pies. Lo que estamos viendo aquí es algo que se denomina “distancia psicológica” y que hace que el contacto más o menos directos con el objeto de fraude influya en la posibilidad de ser deshonesto o defraudar.

Cuando el golfista tiene que tocar con la mano la pelota para hacer trampa, esto le supone un cierto rechazo, sin embargo si el movimiento de la bola se realiza sin tanto contacto directo, el jugador consiente la deshonestidad. Un ejemplo de esta “distancia psicológica” la podemos ver en un ejemplo mucho más extremos. Si nos obligaran a escoger entre dos opciones de acabar con la vida de una persona: una de ellas apuñalándola con un cuchillo y otra haciéndolo pulsando un botón el cual dispara un misil que recorre 200 km hasta impactar con la víctima, la mayoría optaría finalmente por esta segunda opción. Mientras en una debemos tener contacto y ver a la víctima, con la segunda el resultado va a ser el mismo pero simplemente pulsamos un botón y la persona muere a 200 km de donde estamos. En definitiva, esta “distancia psicológica” obedece al famoso refrán de “ojos que no ven, corazón que no siente”.

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En este sentido, no es que haya personas buenas o malas, personas honestas o deshonestas, sino que ciertas circunstancias influyen en la posibilidad de que veamos o no lícito realizar determinado comportamiento.

 

¿Cómo pueden este conocimiento de la deshonestidad y de la distancia psicológica ayudarnos a entender el ciberfraude?

Pues estableciendo el paralelismo entre deshonestidad y fraude. Al fin y al cabo deshonestidad puede definirse como la falta de respeto por las normas establecidas, especialmente en lo referente al respeto por la propiedad ajena, la transparencia en los negocios… Esto es básicamente el reflejo de una conducta de fraude, donde una persona obtiene beneficio mediante el perjuicio de otra, también con un componente económico principalmente. Por tanto, lo que nos ayude a entender la honestidad (y en su caso la deshonestidad), también podrá extrapolarse al entendimiento del fraude.

Para ello, vamos a comenzar poniendo un ejemplo donde vamos a poner en práctica el efecto de la distancia psicológica en el ciberfraude. Supongamos que estamos sentados en un banco en el parque y al lado nuestro se sienta una mujer con su bolso. Al poco tiempo, la mujer se duerme y deja el bolso abierto y descuidado, por el cual soma su billetera. Sin mucho esfuerzo, podemos estirar el brazo y alcanzar la billetera sin que la mujer se entere. Podemos incluso abrir la billetera y robar los 150€ que lleva en su interior. ¿Quién sería capaz de cometer este robo?

Ahora, supongamos que nos llega por error a nuestro mail, un código de descuento de 150€ para realizar compras online en una determinada tienda. El código viene a nombre de otra persona, pero para usarlo solo es necesario introducir los 4 dígitos del código e indicar con un tic que eres la persona relacionada con éste.

 

¿Quién sería capaz de hacer una compra online para sí mismo sabiendo que el código descuento no nos pertenece? Finalmente, ¿Cuál de los dos comportamientos sería elegido por más personas? ¿Con cuál de ellos nos sentiríamos más “cómodos” para consentir actuar fraudulentamente?

Si atendemos al efecto de la distancia psicológica, el segundo ejemplo sería probablemente el más realizado. En los dos se roba la misma cantidad, 150€, pero la forma de hacerlo es distinta desde el punto de vista de la distancia con el dinero.

En el primer caso, vemos a la víctima, sabemos cómo es. Además, hay que manipular la billetera y coger físicamente los billetes. Sin embargo en el segundo, la víctima es invisible y el dinero no existe físicamente sino en una transacción online. Robar dinero es algo que culturalmente nos genera un conflicto moral, podemos incluso notar el dinero “sucio” en nuestra manos.

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Este sentimiento es muy difícil extrapolarlo al entorno virtual, donde no hay billetes físicos, donde solo se introducen dígitos y se clican botones. Igualmente ocurre con la víctima. El que roba la billetera, puede recordar con cierto remordimiento el rostro de la mujer a la que ha robado. Sin embargo, el que usa el código promocional no va a ser capaz de imaginar siquiera el color del cabello de su víctima. Esto genera, evidentemente, una mayor comodidad para el ciberdefraudador.

El dinero físico cada vez está desapareciendo más en nuestras transacciones económicas. Tarjetas de crédito, y actualmente el pago online, nos permite realizar nuestras compras sin ningún contacto físico con el dinero. En el mundo virtual ya no hay persona y dinero, sino identidades digitales y botones de “pagar” o “aceptar”. Esto ha dotado a las transacciones económicas de gran comodidad y dinamismo, incluso de seguridad desde algunos puntos de vista.

No obstante, desde este enfoque de conducta del ciberderafudador, distanciarlo del objeto que puede generar conflicto moral es algo que permite y potencia el fraude.

Si queremos luchar contra el ciberfraude desde este enfoque, debemos hacer que este conflicto moral también se genere ante elementos virtuales, haciendo que los usuarios sientan y vean el daño y la responsabilidad que tiene su comportamiento cibernético. Diseñar estrategias en este sentido es un reto para las empresas y profesionales del ámbito de la Ciberseguridad, los cuales deben hacer recordando el refrán, que esos ojos que no ven se vuelvan digitalmente menos ciegos.

Temas: ciberfraude

 

 

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